En el verano de 2021, un amigo llevaba las reservas de su beach club, en el sur de
Mallorca, con una libreta de anillas y un boli rojo. Funcionaba… hasta que un
sábado de agosto se duplicaron catorce mesas y la terraza acabó siendo un
desfile de disculpas y copas invitadas.
Esa noche, recogiendo bandejas a las tres de la mañana, nos hicimos una pregunta
tonta: ¿por qué no existe una herramienta que se parezca al local, en vez de
obligar al local a parecerse a la herramienta?
Aquel invierno salió la primera versión del Motor de Reservas: el plano del club
en pantalla, con sus camas balinesas, su zona VIP y esas dos mesas de la esquina
que nadie quería. No era bonito. Pero el verano siguiente no se duplicó ni una sola mesa.
Lo que vino después no lo planeamos. El mismo cliente quiso cambiar las pantallas
sin subirse a una escalera con un USB. Luego, dejar de perseguir incidencias por
WhatsApp. Luego, contar el inventario sin folios plastificados. Luego, llevar la
comanda de la mesa a la cocina sin pasear papelitos. Luego, emitir las facturas
sin pelearse con una hoja de cálculo. Cada problema real se convirtió en
una aplicación, y cada aplicación se probó donde de verdad duele:
en plena temporada, un viernes a las nueve de la noche.
Hoy somos un equipo pequeño con base en Mallorca y seguimos haciendo exactamente
lo mismo: escuchar el problema, entender el oficio y construir la herramienta que
encaja. Sin plantillas genéricas, sin contratos eternos y sin call centers.
Cuando escribes, te contesta la persona que programa.
Al principio esto no tenía nombre. Cuando hubo que ponerle uno, salió mirando
por la ventana: en esta isla hay cuarenta torres de vigía repartidas por la
costa. Las levantaron para ver llegar lo que venía del mar, y funcionaban
porque estaban conectadas — la que veía algo encendía fuego, y la de al lado
encendía el suyo.
Nos gustó por las dos cosas. Por lo de ver venir: casi todo lo que se
tuerce en un negocio avisa antes, si hay alguien mirando. Y por lo de
la cadena: una herramienta suelta sirve de poco; lo que sirve es que la
sala hable con la caja, y la caja con las facturas, sin que nadie teclee dos
veces lo mismo.
Así que Atalaya. Y por si alguien lo pregunta: sí, seguimos
siendo los mismos que recogían bandejas a las tres de la mañana.
— El equipo de Atalaya ✷ Mallorca